RACISMO: EN LA SIERRA TAMBIÉN PERSISTE LA DISCRIMINACIÓN RACIAL


El racismo y la discriminación en el Perú son legados históricos del colonialismo, tal como han quedado registrados en partidas de nacimiento, matrimonio y defunción de la época. En estos documentos, las personas eran categorizadas como “indios”, "mulatos", “pardos”, "zambos", "cuarterones" y  "españoles".

Esa herencia se mantuvo hasta 1984, cuando se eliminó la sección "Raza" de la  Libreta Electoral.  Una prima cuenta que  la registraron como "indígena" más por ser pobre que por tener rasgos indígenas. Todo dependía de la percepción del registrador.

La  discriminación no ocurre solo en Lima. En la sierra también es visible. Los habitantes de los  valles a andinos, que se autoproclaman como de la "costa chica",  desprecian a quienes viven en las alturas llamándoles despectivamente "estancieros". Este  término tiene relación con las estancias, que eran haciendas ubicadas en las latitudes altas o en las punas.

El racismo y clasismo fue  promovido por la Iglesia, que tenía el control de las partidas de nacimiento, bautismo y de defunción. En ellos, clasificaban a la gente según el color de su piel. Por ejemplo, los de tez blanca eran registrados como “españoles”, como si fuesen de España.

Curiosamente, esa misma etiqueta lo siguieron usando después de la independencia,  cuando el Perú ya se había liberado del dominio español.  En muchas partidas de nacimiento de mediados y finales de 1880, los blancos eran etiquetados como “americanos” o  como “español de piel blanca”. A los peruanos originarios les siguieron tipificando como  "indios" o "indígenas".

A pesar de la implementación de una ley, el racismo sigue vigente contra los nacidos en la  sierra. Incluso en la propia sierra se produce esta marginación, aunque con un giro nuevo: quienes  han logrado ascender social y económicamente (los nuevos ricos),  discriminan a los pobres llamándoles  "cholo", "indio" o "serrano".

En la selva también es fuerte el racismo contra la gente andina. Lo presencié en Iquitos, donde a los migrantes andinos les tratan despectiva y ofensivamente con el adjetivo de “serrano”. Lo hacen de manera abierta, sin reparos.

Pero el racismo más cruel lo vi de niña, en un pueblito rural de la provincia de Huari. Era la década de 1970.  Unos familiares llegaron de Lima acompañados de una mujer negra. No recuerdo si era una invitada o una ayudante. Su llegada causó alboroto. Todos, grandes y chicos, íbamos a la casa donde se hospedaba para observarla como si fuera una extraterrestre. Hoy lo recuerdo como un acto desalmado, inhumano. 

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